Historias y Cuentos

Carta del jefe indio Seattle al Presidente de Estados Unidos

El siguiente documento es uno de los más preciados por los ecologistas, se trata de la carta que envió en 1855 el jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce en respuesta a la oferta de compra de las tierras de los Suwamish en el noroeste de los Estados Unidos, lo que ahora es el Estado de Washinton. Los indios americanos estaban muy unidos a su tierra no conociendo la propiedad, es más consideraban la tierra dueña de los hombres. En numerosos ámbitos ecologistas se le considera como "la declaración más hermosa y profunda que jamás se haya hecho sobre el medio ambiente".

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.

¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. "Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Mas, ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

 

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos de vosotros; deberéis en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que daréis a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre sí.

Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a amigo no puede estar exento del destino común-. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueño de nuestras tierras; pero no podéis serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza la supervivencia....

 

 

 

Un Mundo Mejor

¿Es bueno a veces disfrutar el silencio y la soledad?

Observé el interior de mi vida, alrededor de la infancia.

Abrí sola, alcanzar las recónditas causas que originaban mis dudas.

Extraña noche, media luna y este papel se vuelve dentro caramelo. Sobre el rostro aquella niña llena de miedo. Descubro la tarde cuando acariciaba el agua tibia de la bañera calentada al sol, ignorante de la existencia del mar. El baño en el patio, entregada feliz, libre y tranquila,  pasar horas sintiendo el pelo húmedo todo lo más inmenso del verano que se pueda disfrutar.

El efecto de un juego eran  reflejos de aventuras en hacer círculos bajo la tierra, que con las manos sacaba secretos brillantes.

Los paseos junto al río con mi padre, en suaves murmullos que deja el viento, hojas entre mis dedos. Tortugas aguardan los rayos de sol, confundidas en el agua un placer tierno, sereno sus cuerpos,  lejanas al tiempo parecían de otro lugar. Pero lo agradable en adornar tanta belleza al lugar no era nuestra voz, ni las preguntas que cada vez le iba haciendo de todo, eran nuestro propio sentimiento a la suerte de los propios sueños, sin hablar ni prisas al caminar en observar.

El pequeño huerto añade más deseos, ayudar (aunque más bien entorpecer) hasta que la oscuridad nos hacía regresar a casa.

 

Nunca viajaba, pero crecía en mi mundo lleno de amor. Tapaba la cara hasta hacer desaparecer lo más terrible que asustase sin dejar entrar los fantasmas. Ya sabía como poner el gesto que no disimulase mi estado más valiente.

No quise ruidos de feria, ni carrusel girando cabezas en el entorno, quizás no sirvan en una orilla del río menos mal que paraba, llegando su fin.

Mala suerte la mía,  los insoportables pellizcos en la cara ¿por qué? Me preguntaba, los impulsos a llorar en las rodillas o brazos de algunos cuando decían ”me llevo tus ojos”,

Así decidí no salir más cuando llamasen a la puerta, ya que nadie defendía mi mal humor.

Decir la verdad desde la infancia con un gran amigo, escribir, no había distancia, borraba los miedos hechos con sinceridad y nadie los podía ver, eran soplo y vida a la vez, todos eran eliminados, nada guardaba de ellos, garabatos en la mente.

Alzaba la mirada al cielo, las magníficas luces entre una luna llena sin lugar a dudas “la magia que daría forma a todos mis deseos”. Viaje al universo pero quiero saber más. Ajena al dolor, la envidia, transcurrir en el espacio, tocar el sonido, besar un cometa errante. Sentir a solas, huir del peligro, sin indiferencia a sentir amor hacia los demás.

 

Y aun sigo pensando : ¿Existe un mundo mejor?

 

 

La niña y la tortuga

HABÍA UNA VEZ UNA HERMOSA NIÑITA DE TRENZAS DORADAS Y OJOS VERDES COMO LA ALBAHACA A LA QUE LE GUSTABAN MUCHO LOS ANIMALES. UN DÍA ESTABA LA NIÑITA SENTADA A LA VERA DE UN RÍO CUANDO SE LE ACERCÓ LENTAMENTE UNA TORTUGUITA. ÉSTA LE DIJO: "Quiero darte un regalo: una varita mágica con la que podrás realizar tres deseos. Y te la entrego porque he captado que eres pura y noble de corazón". LA TORTUGA LE ENTREGÓ CON SU PICO LA VARITA MÁGICA A LA NIÑITA Y SE MARCHÓ. EL BOSQUE YA EMPEZABA A LLENARSE DE HOJAS. EL OTOÑO ASOMABA YA EN EL HORIZONTE. LA NIÑITA SE LLEVÓ LA VARITA MÁGICA A SU CASA. YA HARÍA USO DE ELLA MAÑANA.
AL DÍA SIGUIENTE EL SOL APARECIÓ CÁLIDO EN EL BOSQUE. LA NIÑITA DE TRENZAS DORADAS Y OJOS VERDES COMO LA ALBAHACA TOMÓ SU VARA Y SE DISPUSO A EJERCER SU DERECHO A ESOS TRES DESEOS QUE LE OTORGÓ LA TORTUGA. FUÉ ENTONCES CUANDO UNA BRUJA VIEJA Y FEA APARECIÓ LLENA DE TELARAÑAS Y CON GRANOS EN LA NARIZ. LE DIJO: "No te fies de esa varita mágica. La tortuga está mal de la cabeza y en vez de tres deseos te concerá tres castigos. Entrégame a mí la varita que yo sí que haré buen uso de ella". LA NIÑITA LE ESPETÓ A LA BRUJA: "La tortuga me entregó esta varita porque adivinó mis condiciones nobles y puras así que no te la entregaré". LA BRUJA ENTRÓ EN CÓLERA, ATRAPÓ A LA NIÑITA DE TRENZAS DORADAS Y OJOS VERDES COMO LA ALBAHACA, Y LA METIÓ EN SU MAZMORRA ROBÁNDOLE LA TAN ANSIADA VARITA. PERO LA BRUJA AL HACER USO DE LA VARITA Y AL SER MALA Y TENER UN CORAZÓN SECO, NO PUDO HACER REALIDAD NINGUNO DE SUS DESEOS, LOS CUALES ERAN MALVADOS Y ALEVOSOS. ASÍ QUE EN UN ARRANQUE DE IRA, ROMPIÓ LA VARITA MÁGICA Y SE MARCHÓ. EN LA MAZMORRA, LA NIÑITA LOGRÓ ROMPER SUS ATADURAS CON SUS PODEROSAS Y RUBIAS TRENZAS DORADAS. CUANDO CORRIÓ A BUSCAR LA VARITA MÁGICA LA ENCONTRÓ ROTA EN EL SUELO SIN ESPERANZA DE QUE PUDIÉRA SERVIRLE. LA NIÑITA LLORÓ DESCONSOLADA DESEANDO QUE LA VARITA SE ARREGLÁSE AUNQUE SABÍA QUE ERA INUTIL. Y ENTONCES UNA EXTRAÑA HUMAREDA SE APROPIÓ DEL LUGAR Y REPENTINAMENTE LA VARITA APARECIÓ COMPLETA, SIN ROTURA ALGUNA, LISTA PARA SER USADA POR LA NIÑITA. EN SU INTERIOR ESCUCHÓ LA VOZ DE LA TORTUGUITA QUE LE DIJO : "Has deseado un primera voluntad. te quedan dos aún". LA NIÑITA, CONTENTA AL VER QUE LA VARITA ESTABA ARREGLADA, CONCLUYÓ CON SUS DESEOS, ESOS CON LOS QUE SE DESPERTÓ ESA MAÑANA. Y ASÍ, LA NIÑITA DE TRENZAS DORADAS Y OJOS VERDES COMO LA ALBAHACA REALIZÓ DOS DESEOS MÁS. EL PRIMERO DE ELLOS FUE EL DE ELIMINAR TODAS LAS INJUSTICIAS SOCIALES DEL MUNDO PARA QUE TODOS LOS SERES HUMANOS, LOS ANIMALES Y LAS PLANTAS TUVIÉRAN DIGNIDAD Y FUERAN TRATADOS TODOS CON JUSTICIA SIN ENRIQUECIMEINTOS DE UNOS POCOS EN DETRIMENTO DE MUCHOS. ESTE FUE EL SEGUNDO DESEO DE LA NIÑITA. Y EL TERCERO Y ÚLTIMO, BUENO, EL TERCERO Y ÚLTIMO FUE UN POCO RARO. TANTO QUE LA PROPIA TORTUGUITA AL PRONTO NO LO ENTENDIÓ BIEN. ÉSTE FUE EL TERCER Y ÚLTIMO DESEO DE LA NIÑITA DE TRENZAS DORADAS Y OJOS VERDES COMO LA ALBAHACA: "Deseo vivir junto a mi tiburón ranino...por toda la eternidad".
Y COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO LLENO DE AMOR PARA MI NIÑITA Shikilili, HA TERMINAO.
 

LA NIÑA, LA HOJA Y EL RANO

Asientos de mimbre,

Adornando pasitos,

Esos que daba la niña,

Cuando jugaba un poquito.

 

Su pelito era de oro,

Y en sus trenzas llevaba lacitos,

Y en un grito se quedaba,

Si sus papis no le daban un juguetito.

 

Una vez,

La niña de un mal enfermó,

Y una graciosa ardilla,

Unas hojas le regaló.

 

“Si eres buena –le inquirió-

Y de gran corazón,

Más hojas como estas,

Aliviarán tu dolor”.

 

Y la niña con las hojas,

Su fue construyendo una casita,

La limpiaba cada día,

Y de noche hacía comiditas.

 

Un día al salir el Sol,

Una dulce brisa le acarició,

Y en oscuro rincón,

Con la ardilla de nuevo se encontró.

 

Le entregó a la bella niña

Un presente con gran emoción,

Era una simple hoja,

Con forma de corazón.

“Llévala siempre contigo –le dijo-

Y no te apartes del sendero,

Pues hallarás allí,

Tu amor verdadero”.

 

La niña haciendo caso a la ardilla,

Dispusose a recorrer el camino,

Sin conocer realmente,

Cual sería su destino.

 

Pasaron los días,

Cuando en un intrínseco recoveco,

La niñita se encontró con un rano,

Que más bien parecía un muñeco.

 

Resultó el rano ser,

Un príncipe de país lejano,

Abandonado y hechizado,

Y de pasado mundano.

 

No pudo el rano por más,

Y en acto de pura nobleza,

Decirle a niña tan singular,

“Soy siervo de su belleza”.

 

Y así la niña y la hoja,

Que viajaban por el camino,

Hallaron en un rano el motivo,

Que marcaría sus destinos.

 

Y así termina la historia,

De la niña, la hoja y el rano,

Que juntos se dieron la mano,

Y que desde momento aquel,

Ya unidos se quedaron.

 

HISTORIA DE DOS HOJAS

La hoja estaba verde. Aún permanecía en el árbol. Le quedaba mucho tiempo hasta caer. Y en ese tiempo, la hoja pudo admirar todo a su alrededor: los animales, el riachuelo, los insectos que algunas veces se le acercaban, el viento que soplaba a veces amenazante…iban pasando los días lentamente hasta que el otoño, dorado y frío llegó hasta el bosque donde nuestra hoja se hallaba. El abedul, que un día la vio nacer, estaba quedándose sin hojas y pronto todas caerían a tierra.

Una ráfaga de viento hizo volar a aquel pétalo de verdor natural, cayendo a la tierra que un día hizo florecer tan robusto árbol desde el que vivió por todo un año.

Pero la hojilla no cayó a la tierra, lo hizo al riachuelo que la vio nacer y que ahora la transportaba por un sendero acuoso que se adivinaba largo y comprometido, lleno de sorpresas y aventuras.

Casi al inicio de su nuevo peregrinaje por la superficie acuática, pudo observar en la lejanía a los seres humanos, que guerreaban, robaban y asesinaban a sus congéneres, algo que ella no podía comprender. También vio la Luna una noche con espectacular fulgor, cuando se transformó rojiza por efecto de un eclipse.

Una mañana de ese otoño cuando nuestra hojita cayó al río por donde seguía discurriendo sin pausa, se precipitó hasta ella desde otro arbolito, una hojita no tan verdosa como ella, era esta  más bien amarillenta, tono que había adquirido en su etapa más otoñal desde su árbol, un castaño. La hoja, que ya navegaba como nuestra primera hojita del abedul, fueron juntas por el río en busca de un futuro aún incierto.

La hoja del castaño le fue contando a la del abedul la historia de su vida. Había sido larga pero llena de momentos tristes y alegres casi por igual. Le contó de sus tristezas con otras hojas, de sus decepciones con sus hermanas y hermanos de ramas, de sus alegrías cuando el viento le sopló por primera vez, y le contó casi calladamente, de su anhelo por haber encontrado a alguien como él que supiera entenderle ya que siempre se sintió un bichito raro.

 

La hojita del abedul por su parte le habló también. Le dijo que su vida había sido muy similar a la suya. Con alegrías y tristezas, paz y amor, recuerdos agradables y desagradables pero que su familia había sido muy buena con ella, que había tenido un papá que la quería mucho, que había tenido mucho trabajo durante toda su vida cuidando del árbol y de los bichitos que hasta él se acercaban, aunque a las dos hojas les faltó algo durante casi toda su vida…el amor.

 

Sin duda era el amor algo muy importante en la vida de las hojas. Sin amor no se florece como se debe, sin amor no se tienen esperanzas, no se crece desde el interior con belleza.

Y así, hablando, contándose sus historias, las hojas se observaron detenidamente, se fueron fijando con más detalle la una en la otra y cayeron en la cuenta de que se atraían. Ambas empezaron a sentir algo bello y hermoso que crecía desde sus interiores. El agua, esa fuente de vida que de alguna forma les dio un día el alimento al árbol en el que crecieron, iba a ser testigo sonoro de un nuevo latir, una nueva sensación que ninguna de las dos hojitas habían imaginado antes…sin duda se trataba del latir del amor.

Quizás era lástima no haberse conocido antes, tal vez pudieron haber vivido más juntas si hubiese sido así, pero ahora eso no importaba, no era el momento de pensar en ello. Las hojitas decidieron unir sus vainas y así, la corriente les abrazó en lo que sin duda era el preludio de un nuevo comienzo.

 

El río les dejó en un remanso cálido y florido pese a ser otoño. Y allí, en aquel paraje singular, las hojitas se lanzaron a quedarse, unidas para siempre, hasta que el viento y la lluvia hicieran el resto: un hermoso árbol mitad castaño mitad abedul donde anidasen sus vidas, florecieran sus tallos y cantasen los pájaros hasta que el agua, el viento y el tiempo, marcasen su final. Pero…hasta entonces…aún tenían mucho que vivir.

 

RELATO Hoja

EL CRISTAL DE LOS DESEOS


Tenia un cristal
 de los deseos
 por el que podía ver el futuro de los demás
 pero no el mío
un día
 podía ver a mi vecino
 y su vida futura
otro
podía ver a mi hermano
 y su futuro oscuro
una vez
vi una chica
de cabellos dorados como el oro
 y ojos verdes como la albahaca
 y pies cúbicos como copa de chocolate
ella me pregunto qué veía en el cristal
 yo vi a ella
girándose bajo el fondo de la tierra
y de repente
levantó el vuelo
me cogió de la mano
y ahora soy prisionero de su hechizo
porque
su voz
su pelo
sus pies
y sus ojos
ahora forman parte de mi alma 

 

CARTA DE BEETHOVEN A LA AMADA INMORTAL

 

"Mi ángel, mi todo, mi yo... ¿Por qué esa profunda pesadumbre cuando es la necesidad quien habla? ¿Puede consistir nuestro amor en otra cosa que en sacrificios, en exigencias de todo y nada? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas enteramente mía y yo enteramente tuyo? ¡Ay Dios! Contempla la hermosa naturaleza y tranquiliza tu ánimo en presencia de lo inevitable. El amor exige todo y con pleno derecho: a mí para contigo y a ti para conmigo. Sólo que olvidas tan fácilmente que yo tengo que vivir para mí y para ti. Si estuviéramos completamente unidos ni tú ni yo hubiéramos sentido lo doloroso. Mi viaje fue horrible...

"Alégrate, sé mi más fiel y único tesoro, mi todo como yo para ti. Lo demás que tenga que ocurrir y deba ocurrir con nosotros, los dioses habrán de enviarlo...

"Tarde del lunes... Tú sufres. ¡Ay! donde yo estoy, también allí estás tú conmigo. Conmigo y contigo haré yo que pueda vivir a tu lado. ¡¡¡Qué vida!!! ¡¡¡Así!!! Sin ti... perseguido por la bondad de algunas personas, que no quiero recibir porque no la merezco. Me duele la humildad del hombre hacia el hombre. Y cuando me considero en conexión con el Universo, ¿qué soy yo y qué es aquél a quien llaman el más grande? Y sin embargo... ahí aparece de nuevo lo divino del hombre. Lloro al pensar que probablemente no recibirás mi primera noticia antes del sábado. Tanto como tú me amas ¡mucho más te amo yo a ti!... ¡Buenas noches! En mi calidad de bañista, debo irme a dormir. ¡Ay, Dios! ¡Tan cerca! ¡Tan lejos! ¿No es nuestro amor una verdadera morada del cielo? ¡Y tan firme como las murallas del cielo!

"Buenos días, siete de julio. Todavía en la cama se agolpan mis pensamientos acerca de ti, mi amada inmortal; tan pronto jubilosos como tristes, esperando a ver si el destino quiere oírnos. Vivir sólo me es posible, o enteramente contigo, o por completo sin ti. Sí, he resuelto vagar a lo lejos hasta que pueda volar a tus brazos y sentirme en un hogar que sea nuestro, pudiendo enviar mi alma al reino de los espíritus envuelta en ti. Sí, es necesario. Tú estarás de acuerdo conmigo, tanto más conociendo mi fidelidad hacia ti, y que nunca ninguna otra poseerá mi corazón; nunca, nunca...

"¡Oh, Dios mío! ¿Por qué habrá que estar separados, cuando se ama así? Mi vida, lo mismo aquí que en Viena, está llena de cuitas. Tu amor me ha hecho al mismo tiempo el ser más feliz y el más desgraciado. A mis años, necesitaría ya alguna uniformidad, alguna normalidad en mi vida. ¿Puede haberla con nuestras relaciones?... ángel, acabo de saber que el correo sale todos los días. Y eso me hace pensar que recibirás la carta en seguida.

"Está tranquila. Tan sólo contemplando con tranquilidad nuestra vida alcanzaremos nuestra meta de vivir juntos. Está tranquila, quiéreme. Hoy y ayer ¡cuánto anhelo y cuántas lágrimas pensando en ti... en ti... en ti, mi vida... mi todo! Adiós... ¡quiéreme siempre! No desconfíes jamás del fiel corazón de tu enamorado Ludwig. Eternamente tuyo, eternamente mía, eternamente nuestros."

La Princesa y la Hoja

 

Érase una vez, en un país muy lejano, que vivía una bella princesa de ojos grandes y verdes. Su porte era noble y distinguido y sus encantos hacían que sus súbditos volviesen siempre los ojos en eterno y convulsivo giro constante al amparo de vislumbrar unos segundos más tan ansiado y hermoso porte.

La princesa era rica y poderosa. Tenía uno de los reinos más deseados de la comarca y a su palacio llegaban, cada semana, nobles de toda clase, potentados de grandes fortunas y señores poseedores de títulos comprados al amparo de su ambición.

Todos ellos deseaban tan solo una cosa: la mano de la princesa. Poseer tan ansiado trofeo significaba tener asegurado el futuro. Un futuro de riquezas sin límites donde el amor no importaba en absoluto.

Pero la princesa estaba triste. Porque de entre todos los hombres que llegaban cada semana a palacio no encontraba a nadie que realmente valiese la pena. Hombres altos y gordos, bajos y flacos, feos y calvos, bizcos y mancos se daban cita cada semana en palacio. Todos ellos de enormes fortunas, sí, pero desposeídos de la pasión que haría feliz a nuestra princesa.

Una soleada mañana de otoño, paseando por el jardín de palacio, la princesa reparó en un árbol que estaba más alejado que el resto y que a su alrededor carecía de otras plantas. La princesa se fijó en que el árbol solo poseía una solitaria hoja amarilleada por el viento que además, estaba a punto de caer. La joven se acercó al árbol y, como si de una persona de tratase, empezó a hablarle a esa hoja solitaria que permanecía, no se sabe muy bien como, aún en el otoñal arbusto.

-          “Hoja, estoy triste. A punto de caer. Pero no por un motivo de fin de una vida, como tu, sino por cuestión del corazón. A veces pienso que nunca encontraré a esa persona que me ame por como soy, simplemente, sin tener en cuenta mis riquezas. Alguien que me quiera de verdad, sin pedir nada a cambio. ¡OH!, querida hoja, si fueses capaz de escuchar mis suplicas, podrías ayudarme en esto que te pido: haz que aparezca el amor en mi vida”.

Y así, la princesa se marchó del lugar, entre sollozos y lamentos, dejando atrás a la amarilleada hoja que, seguía meciéndose en el árbol. Sabiendo que en cualquier momento, una ráfaga de traicionero viento podría arrancarla de su árbol para siempre.

Pasaron dos días y la princesa seguía triste.

Al tercer día, el jardinero oficial de palacio sufrió un accidente y tuvieron que llevarle a un hospital ya que mientras estaba arreglando unas flores en la enredadera del muro frontal del palacio, cayó cuan largo era, al suelo.

Pero como no quería que el jardín de palacio quedara antiestético, arregló la situación para que su sobrino llegara esa misma tarde y fuera él quien continuase trabajando en el jardín mientras su tío estuviese en el hospital.

Y así fue como la princesa, esa tarde del tercer día tras el monólogo mantenido con la hoja, reparó desde su ventana que una nueva presencia había en su jardín.

El sobrino del jardinero era un hombre alto y delgado, de porte noble y distinguido y poseía unas manos que muchos las consideraban místicas ya que con ellas ofrecía masajes a todo aquel que tuviese un problema muscular sin pedir nada a cambio.

 

La princesa quedó prendada de aquel hombre y rápidamente llamó al servicio para que acudiese a ella ya que, después de todo, no había sido presentado formalmente aún después de lo acontecido con su tío el jardinero.

Tomaron café en el salón rosa de palacio y la princesa, poco a poco se fue dando cuenta de que entre sus manos, su voz, su porte, sus ojos y su sonrisa, iba cayendo en un dulce hechizo de amor y su corazón empezaba a latir a una velocidad endiablada. Sin duda tenía mariposas en el estómago en ese momento y así fue como se dio cuenta de que ese era el hombre de su vida. Abrigó en sus ojos una esperanza…la de que un día aquel hombre maravilloso que acababa de conocer, la amase simplemente por lo que era, y no por sus riquezas.

El sobrino del jardinero también se fijó muy bien en la princesa y se dio cuenta de lo hermosa que era, de su porte y de sus bellos y enormes ojos verdes como la albahaca.

Reparó en su sensibilidad e incluso en su rubor, algo que le agradaba enormemente.

La princesa era un sueño hecho realidad. Uno de esos sueños que él nunca hubiese imaginado que pudiera vivir y ni tan siquiera tocar.

Pero el sobrino jardinero no podría nunca abrigar siquiera un tenue rayo de esperanza en imaginar una relación entre la princesa y él ya que era pobre y ella rica.

Ella era una persona y él gente.

Y así, estando ambos charlando suave y relajadamente, un fuerte viento se levantó moviendo todas las cortinas y celosías de la sala.

Por la ventana abierta de par en par se coló un pequeño objeto que los dos pudieron ver como gracias al viento se posó junto a los pies de ambos. Era aquella hoja solitaria amarilleada por el viento que se había por fin desprendido del árbol apartado del jardín y a la que la princesa había formulado un deseo de amor tres días antes.

La princesa se agachó y tomando la hoja ya muerta entre sus manos empezó a llorar ya que se dio cuenta de que la hoja intentó realizar su última noble gesta antes de desaparecer de este mundo haciendo que la magia, el destino y las circunstancias le llevasen hasta el hombre que ocupaba sus pensamientos desde hacia tan solo unas horas y que se encontraba junto a ella en esos momentos. Aquel pétalo de amor realizó finalmente su último acto de bondad escuchando las súplicas de su amada princesa.

Las lágrimas de la princesa, resonaban al caer en la superficie de la hoja y ésta, muerta como yacía entre sus manos, empezó a agrietarse hasta que se resquebrajó.

El viento hizo que los restos de la hoja se esparciesen por toda la habitación.

 

La princesa explicó al sobrino del jardinero todo cuanto significaba aquello y sin duda creyó, como ella, que había sido una señal. Desde entonces, a esa sala del palacio se la conoce como sala de la hoja y tanto el sobrino del jardinero como la princesa se casaron pocos meses después. Ella ha renunciado a sus riquezas. Él sigue siendo útil trabajando en jardines ajenos. La princesa solo vive para su príncipe de manos místicas y para el cultivo de árboles de hojas amarilleadas por el suave viento del otoño.